Adán estaba mojado, hambriento y llorando. Hacía poco tiempo que estaba calentito y bien. Y entonces vino al mundo. Y se quedó solo. De vez en cuando, las manos de otra persona le cogían, le ponían el pañal en seco y le metían en la boca un chupete con una mezcla líquida.
Después de aguantar el hambre, Adán se dormía y se despertaba al ver que volvía a estar húmedo y frío. Al llevar varios días viviendo en este mundo, ya entendía que algo iba mal, que no debía estar solo. Con el tiempo, el bebé se dio cuenta de que era inútil llorar, y se limitó a gruñir en silencio, esperando las mismas manos extrañas.
-¡Kate, hola! ¿Dónde está el bebé? – La vecina de Kate salió a recibirla.
– ¡Qué te importa! En ningún sitio… ¡Lo dejé en la maternidad! ¡No lo necesito! – gritó Kate.
-¡Estás loca, mujer! – La tía se indignó. ¡Lo has dejado en manos de otras personas!
Kate quiso echar a su vecina, pero cambió de opinión: su tía la había ayudado más de una vez, la alimentaba y la dejaba quedarse a dormir cuando su madre se iba de juerga y le traía pretendientes. Sólo que su tía no condenó a Kate por quedarse embarazada a una edad tan temprana, sino que convenció a la chica para que no abortara. Y Kate decidió ya entonces que daría a luz y la dejaría en la maternidad.
-¡Ven aquí! -La tía agarró la mano de Kate-. – Hice pasteles y compré leche especialmente para ti. Y tú… ¡Así que eso es!
-Tía, ¿para qué lo necesito? No tengo dinero, todavía estoy estudiando, ¿con qué criarlo? – Kate se excusó.
-¿Qué tiene que ver él? Está mucho peor que tú. ¡Está programado allí, tirado en pañales mojados, hambriento, gritando a la mínima! Nadie se acercará a él.
-¡Tía! ¡¿Qué quieres de mí?!
– Has sufrido toda tu infancia, nunca has visto ningún cuidado o afecto, ¿y quieres eso para tu hijo?
-Te tengo a ti, tía -sonrió Kate entre lágrimas-.
-¡Eso es! ¡Y no tiene nada!
rugió Kate.
-¡Así que vete y tráelo a casa! ¿Quién ha nacido?
-Un niño pequeño…
-¡Vayan por él! Me lo llevaré a vivir conmigo, me quedan cosas de mi hijo, ¡tengo cosas para vestirlo!
Adán se ha despertado de nuevo con hambre. La habitación está en silencio. Tenía muchas ganas de llorar, pero no tenía sentido… Pero entonces oyó un ruido. Alguien se acercó a la cuna y cogió a Adam en brazos.
-Hijo mío -oyó Adam una voz desconocida, pero muy familiar. Pronto Adam se puso una especie de cosa llamada pañal, unos pantalones nuevos y calentitos, un pañal y un gorro. Lo envolvieron en una cálida manta y lo cogieron en brazos, tan cálidos que se podía sentir su calor incluso a través de la ropa.
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Kate extendió las flores y miró la foto de su sonriente abuela.
-Lo siento, tía -dijo la mujer-, ya sabes que tener un nieto lleva mucho tiempo. Anna, mi hija, tuvo un parto difícil. Pero, gracias a Dios, todo acabó bien. Ya estamos en casa. Su marido es muy cariñoso. Y quería mandarla a abortar: era demasiado pronto, vamos a vivir para nosotros. La convencí de que no lo hiciera, tía, pero ¿cómo si no? Un poco de sangre…
Aquí a la tumba vinieron dos más: Adam y su esposa.
-¿Cómo está nuestra abuela? – Preguntó el hombre, sonriendo.
-Acostada, escuchando… – dijo Kate.
-¡Queremos decirle que estamos esperando un nuevo miembro de la familia! – Adam abrazó a su mujer.
-¡Qué maravilla! – Kate estaba muy contenta. – Tía, ¿te has enterado? ¡Tu nieto ha decidido ser padre después de todo!
Después de estar junto a la tumba se despidieron y se fueron a casa…






