María y yo trabajábamos en el mismo bufete, pero en oficinas diferentes. Sucedía que ambos nos quedábamos despiertos hasta tarde, y su marido -un amigo mío- podía llamarme y pedirme que llevara a María a la parada del autobús y me asegurara de que lo cogiera, y él se reunía con ella en su casa.
Así que a veces nos encontrábamos en el vestíbulo y caminábamos hasta la parada del autobús, hablando de cosas. Teníamos muchas cosas en común, y mi marido a menudo no entendía algo, y no le gustaba lo que le gustaba a María. Encontré un desahogo en hablar con ella, aunque con poca frecuencia, y poco a poco esto llevó a que me abrazara para despedirme, luego me besara en la mejilla, y una vez me besó de verdad, perdiendo su autobús.
Sabía que estaba mal para mi amigo y su familia, pero me enamoré de María y no pude negarme.
María empezó a mentir diciendo que trabajaba hasta tarde sólo para pasar por mi casa y acurrucarnos juntos en la cama; se inventaba historias sobre viajes de negocios o viajes a su madre en el campo, pero en realidad pasábamos tiempo juntos, saliendo en citas cuando mi amigo estaba en el trabajo y no podía pillarnos.
María me gustaba de verdad, y aunque nunca hablamos de la posibilidad de que dejara a su marido, de alguna manera no me cabía duda de que si le pedía que se casara conmigo, solicitaría inmediatamente el divorcio. Vivía en unos sueños tontos, robando la felicidad de otra persona, no de alguien que ni siquiera conocía, sino de mi buen amigo. Bebí con él en el bar y le escuché murmurar que su mujer había cambiado, que siempre se arreglaba cuando salía, que debía tener un amante. Le consolé falsamente y luego me apresuré a reunirme con mi amada.
No entendía para qué destruía la vida de los demás ni por qué, hasta que un día María llegó a mi casa de mal humor. Había discutido con su marido y decidió desquitarse conmigo.
– ¡Siempre estás sucia! ¿No tienes manos para coger un trapo y fregar el suelo? Y la nevera siempre está vacía. ¿Crees que tengo que limpiar y cocinar para dos casas? Sólo eres un amante, no mi hijo adoptivo, aprende a cuidarte.
Eso me hizo pensar. María no me amaba, me consideraba una distracción temporal. Nuestros días románticos se convirtieron en la misma monotonía que reinaba en su casa. Se aburría conmigo y no creía que hubiera nada por delante.
Ojalá hubiera sido yo el primero en pedirle que rompiera conmigo. Esa noche me mandó un mensaje diciendo que se iba y que no me atreviera a decírselo a mi marido. No lo iba a hacer. Me daba vergüenza mirar a mi amiga a los ojos y menos aún admitir algo tan terrible. Sólo le dije que ya no podía acompañar a María a la parada del autobús, porque termino temprano.
La verdad que dicen que sobre la desgracia ajena no se construye la felicidad. Ahora vivo con el miedo perpetuo de que mi nueva novia resulte ser una infiel como María…






