Mi hija de once años tenía una actuación en el coro, pero tanto mi marido como yo trabajábamos un día entre semana, así que no había nadie que la llevara. Es una niña bastante independiente, va sola al colegio y al ensayo del coro, sabe dónde coger el autobús, y había un autobús directo a la Casa de la Cultura donde actuaban. La propia Mónica estaba decidida a ir y volver del concierto sin problemas. Su marido le dibujó un diagrama aproximado de las paradas de autobús, para que pudiera llegar al lugar correcto a la vuelta, y Mónica
afirmó haber entendido todo perfectamente. Y entonces, a las siete de la tarde, me llama por teléfono. Estaba llorando, y era imposible entender las palabras, era casi imposible calmarla por teléfono.
– Mami, me he equivocado de autobús. No sé dónde estoy y no tengo dinero para el billete.
El corazón se me sube a los talones. Mi hija está llorando, no puede explicar bien cómo ha ocurrido.
– María me ha llevado a la parada del autobús, pero me he equivocado de camino. El revisor me dijo que iba en dirección contraria…
– ¿No puedes quedarte en el mismo autobús y pedirle al revisor que vaya por el otro camino?
– Me he bajado”, solloza Mónica. – No sé dónde estoy. Aquí sólo hay una parada de autobús y una cabina.
Ahora me doy cuenta de que debería haberle pedido a mi hija que buscara el nombre de la parada y la ruta del autobús para encontrarla, pero yo estaba tan asustada y confundida como una niña perdida. Me pregunté si debía llamar a mi marido o conducir yo misma por las paradas de autobús y buscar a mi hija.
– Mamá, espera -Mónica se calmó un poco, olfateando la nariz.
Apartó el teléfono, de modo que sólo pude oír el indescifrable murmullo de algunas voces. Eso me hizo sentir aún más miedo. No sabía quién podía acercarse a una hija asustada e indefensa en ese estado. Al cabo de un minuto, volvió a hablar. Su voz seguía sonando llorosa y hablaba con la nariz tapada, pero con alivio.
– Mamá, la señora que se sentó junto a la tienda me dio dinero para el pasaje, y me trasladó al otro lado, donde la parada está en casa.
– ¿Lo hizo? Gracias a Dios.
Todavía estaba allí sentada en vilo y exhalando un poco cuando Mónica me llamó desde el autobús y luego desde nuestra parada, pidiéndome que hablara con ella mientras se iba a casa.
– Esa tía -recordó- creo que era una indigente.
– ¿Qué te hace pensar eso?
– Estaba sentada con un gatito y una caja de dinero detrás de la tienda. Al principio ni siquiera la vi, pero salió llorando y me dijo que cogiera de la caja todo lo que necesitara para el autobús de vuelta a casa.
Eso me impactó mucho. Un hombre que sobrevivía con esos centavos, el cambio que otros habrían tirado, compartió con una niña desconocida en apuros. Ni el revisor, que sabía que la niña se había equivocado de camino, ni la cajera de la tienda pensaron en ayudar, pero aquella mujer lo hizo aunque nadie se lo pidió.






