Un padre tiene miedo de acercarse a su propio hijo, siempre son otros los que tienen que correr para calmarlo

Mark vivió con emoción todo el embarazo de su mujer. Esperaba con impaciencia el nacimiento del bebé y se alegró mucho cuando supo que iban a tener un hijo. Sarah nunca había recibido tantos cuidados como durante aquellos nueve meses que pasaron volando.

Tras el parto, Mark se paseó alegremente durante unos días, presumiendo ante colegas, amigos y parientes de que tenían un niño sano de tres kilos. Pero su entusiasmo disminuía cada día y cada noche en vela. Mark se enfrentó por primera vez a un bebé inmóvil, luego a cambios de pañales y náuseas infantiles. Pensó que todo sería de color de rosa y fácil, pero no le gustaba ayudar a su mujer. Cuando ella tenía que ir a algún sitio, dejando a su hijo con su padre, Mark se escondía del bebé en su habitación y no salía a llorar.

– Lo malcriaremos tanto si estamos todo el tiempo con él”, ocultaba tras estas palabras su pereza y su falta de voluntad para sentarse con el niño.

Después era mi suegra la que venía los fines de semana a cuidar del niño, también lo bañaba y lo paseaba cuando la mujer de Mark estaba ocupada haciendo otras cosas. Y Mark tenía miedo de acercarse al bebé porque enseguida le daba asco.

– Los niños pequeños no sólo son malhumorados, sino también apestosos. También tienen un aspecto repugnante. Cabeza enorme, cuerpo pequeño… como unos extraterrestres, – compartió en el trabajo.

Él mismo no se dio cuenta de lo desagradable que suena y lo padre que le hace parecer, hasta que el año del bebé en la mesa se reunieron muchos invitados. El bebé lloraba en la trona y todo el mundo corría a consolarlo, mientras Mark se sentaba a insistir en su filosofía de que había que dejarlo solo para que se diera cuenta de que no venía nadie y dejara de llorar.

– ¿Qué clase de padre eres? – estalló su hermano descontento. – Tu mujer, tu abuela, desconocidos… todos corriendo a consolar a tu hijo, y tú sentado sin hacer nada. Cuando tu hijo crezca, te preguntará cómo le llevaste en el cochecito, y le dirás que no lo hiciste. Te preguntará cuándo dijiste “papá” por primera vez, y de nuevo no tendrás nada que responder, porque tu hijo no ve a su papá en una mesa tan larga. ¿Te haría sentir bien que tu familia o tus padres te evitaran de la misma manera?

Mark se sintió un poco dolido. Observaba, como desde la distancia, cómo crecía el niño, pero no podía evitarlo.

– Crecerá un poco más -dijo-, así podrá llevarlo a pescar y nadie lo evitará. Cualquier tonto sabe que a los niños pequeños los manejan mejor sus madres. Y los niños crecen y siguen sin acordarse de sus primeros años.

 

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Un padre tiene miedo de acercarse a su propio hijo, siempre son otros los que tienen que correr para calmarlo