Cuando regresamos, noté que mi suegro había cambiado; parecía que algo le preocupaba. De repente me llamó para hablar en otra habitación, de modo que nadie de la familia pudiera oírle. Me sorprendí y fui con él.
– ¿Estás engañando a mi hijo? – preguntó mi suegro.
– No, – me sorprendí. – ¿Por qué piensas eso?
Me dijo que se le acercó un vecino y le preguntó a mi hijo por la guardería, por mamá y por papá. Y luego le preguntó con qué frecuencia sale el niño a la calle. Él respondió:
– A menudo. Estoy jugando en el arenero con los niños, y mi madre pasea con un señor cerca de mí.
El suegro se sonrojó y decidió cambiar de tema, porque no sabía cómo explicar a la vecina las palabras de su nieto. Me reí; me parece que hacía mucho tiempo que nadie me hacía reír así.
– Vamos a ver a mi nieto y le preguntamos quién es el señor. – Le dije a mi suegro.
Me siguió a la habitación. Mi hijo estaba jugando con Jack, el perro que le compramos hace poco.
– Hijo, por favor, enséñale a tu abuelo el caballero de tu madre. – le pedí.
– ¡Aquí lo tienes! – dijo el niño señalando al perro.
– Mi hijo siempre dice eso de Jack cuando lo saco a pasear por la tarde. Mi hijo llama “caballero” al perro -sonreí.






