Ella vivía en un pequeño pueblo cerca de la capital. Deseaba tanto salir a la gran ciudad, pero comprendía que sus padres necesitaban hasta el último céntimo. Entonces estudió mucho para entrar en el instituto de la capital, sin importarle lo que tuviera que hacer para salir cuanto antes de este agujero. Y Ella vivía en la casa más alejada del pueblo, casi como en una aldea remota.
Había un chico que le gustaba en el colegio, Bryan, muy moreno, alto y terriblemente tímido. Ella le había cortejado en el colegio, pero él nunca se atrevió a acercarse a ella. Todas sus compañeras de clase que procedían de familias adineradas tenían un tutor que las preparaba para la admisión, pero la familia de Ella no podía permitírselo. Ella tuvo que presentarse por su cuenta, pero no funcionó.
Ella tuvo que buscar trabajo como dependienta en una tienda cercana a la estación de tren. Ella era guapa, con una figura perfecta, pelirroja y espesas pestañas. Empezó a acudir especialmente a los lugares donde aparecía Bryan, seduciéndole de todas las maneras posibles. Ella lo miraba con mirada ardiente, luego pasaba cerca de él y después sonreía. Finalmente, Bryan dio el primer paso, y allí la astuta Ella lo manipuló para que se casara con ella.
Todo salió bien, y la feliz Ella se trasladó a vivir con su marido a una preciosa casa de 9 plantas, aunque vivían con su madre, pero era lo mejor. Su suegra cocinaba para ellos, así que Ella no tenía de qué preocuparse.
Pasaron seis meses, y Ella estaba cansada de esta vida, quería irse a la ciudad cuanto antes, a una vida mejor. Pero Bryan no iba a dejar a su madre en el pueblo. Un día entró en la tienda un hombre respetable de unos sesenta años. Se deshizo en cumplidos, compró una caja de bombones y enseguida le hizo un regalo.
– ¿Qué hace una belleza así en el pueblo? Deberías ir a la capital, a los mejores sitios…
– Me encantaría.
– Entonces vayamos juntos. Mi tren llegará pronto.
A Ella le gustó enseguida esa determinación y, además, estaba claro que el hombre era rico. Ella se mudó con él, y el apartamento resultó ser precioso, con muebles antiguos. El hombre llevaba a Ella a restaurantes, le regalaba flores, no le negaba nada. Le regaló un abrigo de piel y joyas. Ella no trabajaba, y por qué iba a hacerlo si su marido era el jefe de la unidad.
Cuando Bryan apenas consiguió hablar con su mujer, Ella contestó:
– No me busques, quédate con tu madre. Me fui lejos y para siempre.
Sólo ocurrió una desgracia. Un nuevo pretendiente llegó al hospital, tuvo un derrame cerebral. La situación de Ella estaba al borde del abismo, no estaban casados, lo que significaba que si él moría, Ella se quedaría sin nada. De alguna manera Ella cuidó al viejo, y luego le dieron el alta. Pero ni siquiera aquí fue mejor. Tenía que cambiarle los pañales, darle de comer con cuchara y cuidarlo como a un niño pequeño. En eso se convirtió su vida.






