Frank sólo tenía a su madre, pero había caído enferma y había muerto. Apenas la recordaba, sólo sus manos cálidas y suaves. Frank se quedó con su abuela, que ya era anciana. Vivían sólo de su pensión, tenían que ahorrar en todo para llegar a fin de mes. El niño vestía ropas raídas. Casi no tenía juguetes, sólo un coche roto, que encontraba cerca del cubo de la basura y reparaba con cinta adhesiva.
Un niño gordo de su patio acosaba constantemente a Frank. Se ponía delante de él y se reía.
– Eres huérfano. Nadie te necesita. Tu abuela morirá y acabarás en un orfanato.
– ¿Quién te ha dicho eso?
– Mi madre.
El niño gordo sacó un caramelo del bolsillo y agitó el envoltorio desafiante. Frank rara vez comía muchos caramelos. Volvió a casa manchándose las mejillas de lágrimas. Su abuela estaba tumbada en la cama y su cuerpo se estremecía periódicamente en un ataque de tos. Por primera vez Frank se dio cuenta de que su abuela estaba realmente muy débil y poco saludable. Se había resfriado, pero no tenían dinero para medicarla. Frunció el ceño y fue a la farmacia.
Al principio, la farmacéutica no se fijó en él, pero cuando llamó a la ventanilla, gruñó enfadada:
– ¿Qué quiere?
– Mi abuela está enferma, dale algo para el resfriado, por favor.
– Chico, ¿tienes dinero?
– No, no tengo.
– Pues lárgate de aquí, nadie te dará nada sin dinero.
La farmacéutica estaba a punto de echar al chico, pero un cliente la detuvo.
– No te preocupes, compraremos todo lo que necesite tu abuela.
Ella pagó la medicina para el resfriado y se fueron a su casa. Después de eso, esta mujer los visitaba a menudo. Y cuando la abuela falleció un año después, adoptó al niño.






