Llevo diez años casada. Mi marido y yo vivimos hipotecados en un apartamento de dos habitaciones. Estamos pagando el préstamo. Aún no nos atrevemos a tener hijos. Primero queremos salir adelante. Tengo un hermano. También está casado. Viven en un apartamento de una habitación. Mi hermano tiene dos trabajos y, además, trabaja a media jornada. Su mujer, Monika, no trabaja. Da a luz con la rapidez de una coneja. Ya tienen tres hijos, está embarazada del cuarto y planea el quinto. Además de sus hijos, también han acumulado préstamos para varios electrodomésticos. Mi marido y yo les ayudamos a menudo. A veces con dinero, a veces con comida. A veces Monika es insolente y exige algo en vez de pedirlo.
Entonces tenemos que bajarle los humos y negárselo. Ella y su hermano se ofenden, claro, pero al cabo de unas semanas vuelven a hacer otra petición. “Como tú y tu marido no tenéis hijos, y nosotros vamos a tener cuatro pronto, tenéis que cedernos vuestro apartamento”, dice Monika. ¿A vuestro apartamento de una habitación?”. pregunté, confundido por esta loca idea. Dejaremos entrar a los inquilinos. Y vosotros alquilaréis un apartamento para vosotros solos -dijo con seguridad-. – ¿Así que pagaremos la hipoteca y el alquiler por vosotros?
– Por supuesto. ¿Cuándo serás libre?
– No necesitas una casa polar, necesitas un hospital psiquiátrico. Fuera de mi apartamento.
– Entonces iré y me desharé del niño. Y tú serás la culpable”, dijo, saliendo de mi casa. Y lo hizo. El mismo día. Clandestinamente. En el tercer mes de embarazo. Los médicos la sacaron a duras penas. Y a las dos de la mañana, mi hermano se presentó en el hospital y me atacó con acusaciones. Mi marido le dio la vuelta inmediatamente y me preguntó qué había pasado. Se lo conté. Mi marido sumergió varias veces la cabeza de mi hermano en agua fría para enfriarlo y lo empujó fuera del apartamento. Desde entonces, no he vuelto a tener un hermano.






