Lucy se quedaba hasta tarde en el trabajo a propósito y no quería irse a casa. Se encargaba de cualquier tarea en la oficina, aunque no le pagaran por ello. Podía ayudar a sus compañeros, revisar sus informes, que ya estaban perfectamente hechos. Y si no quedaba trabajo en la oficina, Lucy daba un largo paseo por el parque hasta que oscurecía. Tenía miedo de volver a casa, y no le apetecía en absoluto. Al fin y al cabo, su marido y su hijo la esperaban en casa.
Suele ser una alegría para las mujeres, pero no para Lucy. Al fin y al cabo, su vida se ha convertido en un auténtico infierno del que no puede salir. El marido de Lucy no la respeta en absoluto y la trata como a una criada:
– Toma, ve a fregar los platos, hazme la cena y no importa que estés cansada de trabajar. Has fregado mal el suelo, ve a lavarlo otra vez.
El hijo observó cómo su padre hablaba a su madre y decidió que eso era lo correcto. También empezó a faltarle al respeto a su madre y a regañarla. Y si la madre no obedecía, empezó a gritar y a intentar pegar a la madre. Una copia de su padre. El niño ya tiene 10 años y no va a ayudar a su madre en nada, ni siquiera limpia sus juguetes.
Lucy ya ha empezado a pensar en dejar a su marido y reeducar al niño antes de que sea demasiado tarde. Pero no puede… en su familia no se acepta el divorcio. Incluso su abuela vivía con su abuelo, que bebía mucho y luego pegaba a su abuela. Pero ella aguantó, porque el divorcio es una vergüenza. Y ahora el divorcio puede ser tomado como una especie de debilidad. Pensarán que Lucy no consiguió construir una familia fuerte y que, en cuanto empezaron los problemas, huyó inmediatamente de ellos. Por lo tanto, no queda más remedio que seguir viviendo y aguantando.






