– Buenas tardes.
– Encantada. ¿Es usted María?
– Me llamo Kate y Maria es mi madre. Está ocupada en este momento y me ha pedido que conteste yo. ¿Necesita algo?
– Por favor, dile que ha llamado Anna. Creo que lo entenderá. Dile que me llame inmediatamente, realmente necesito ayuda.
– De acuerdo.
Después de unos 15 minutos María salió del baño, se acercó a su hija y le preguntó:
– “¿Quién ha llamado, hija?
– Hay alguien que se llama Anna. Dice que la llames urgentemente.
Y María enseguida lo entendió todo…
María no sabía que Ana era la propia hermana de su madre. Maria llevaba 26 años sin ver a su familia. Para ella, la familia era como vecinos. Una hija, un hijo y un marido son la única familia que tiene Maria.
– Kate, gracias por contestarle.
– Mamá, ¿por qué estás tan pálida? ¿Por qué no bloqueo su número y me voy?
– No hagas eso. ¿No está Winona afuera esperándote?
– Sí. Llegaré tarde, pero si necesitas ayuda, no iré a ningún lado.
– Está bien, no te preocupes.
Kate salió corriendo, donde la esperaba una amiga del colegio. María se acercó a la ventana para ver si todo iba bien.
La ventana estaba fría y María apretó la frente contra ella, intentó enfriar su rabia y su ira. Habían pasado muchos años y la rabia seguía ahí. Debería ser más fácil con los años, en cierto modo lo era, pero la rabia y el resentimiento permanecían.
Veintiséis años atrás, el día de su vigésimo cumpleaños, María organizó una fiesta en su dacha. La casa era grande, con un porche y un cenador. Había tanto espacio que María invitó a toda la clase.
María estaba tan poco acostumbrada al ruido y a tanta gente que se escapó y se escondió debajo de la escalera. Pronto la encontró una amiga.
– Mientras te buscaba, empezaba a pensar que te habías ido, pero entonces recordé que esta es tu dacha. Bueno, vamos rápido.
– ¿Qué te pasa?
– Sígueme.
– ¿Estás enferma? María no entendía nada.
– Me encuentro bien. ¿Quieres que te enseñe quién se siente bien ahora?
Lisa agarró a María del brazo y la arrastró hasta el segundo piso, donde todas las habitaciones estaban cerradas.
– Espera, está todo cerrado.
– Yo también lo creía. Lo siento, pero no podía ser de otra manera. – Lisa abrió la puerta todo lo que pudo.
Las dos siluetas de la cama retrocedieron como cucarachas ante la luz y corretearon en busca de ropa.
María recuperó el aliento. Su novio y su hermana en la misma cama. No puede ser.
– María, no queríamos que pasara nada de esto. – Dijo Anna.
– Sí, lo hicimos, intervino Lisa, y por lo que entendí, no era la primera vez.
Empezó la histeria y el escándalo.
– Lisa, vámonos – dijo María entre lágrimas, y lo más importante, que su amiga la oyó.
Pero aquella noche no fue lo peor que le esperaba a Maria. Vivió en la dacha durante una semana, evitando a su familia y a su hermana, pero al cabo de una semana su madre le exigió que volviera. En casa, a María le contaron todo y se enfrentó al hecho:
– Anna esperaba un hijo. De Bruce. Les guste o no, se van a casar -dijo su padre y se dio la vuelta.
Desde luego Lisa no se equivocaba cuando, dijo, no era la primera vez que esto ocurría.
A María se le entumecieron las piernas mientras caminaba hacia su habitación. Ahora no tenía a nadie que la apoyara. Su familia le había dado la espalda, una decisión que habían tomado con tranquilidad y en su totalidad. La madre de María intentó entrar varias veces, pero María no abría la puerta.
– Déjala en paz. Déjala llorar así, ya se acostumbrará. Aquí seguirás corriendo detrás de ella, cálmate. – dijo su padre.
Por la mañana, María ya se había ido. Cogió todo lo necesario y se marchó en silencio, dejando sólo una nota en la que decía que no volvería jamás. María cumplió su palabra.
Al principio, María vivía con Lisa en un apartamento alquilado. María estudió y trabajó, y luego conoció a su futuro marido. Varias veces María oyó rumores de que sus padres intentaban encontrarla, pero no le importó.
Y qué sentido tenía que Anna apareciera en su vida y cómo había encontrado el número seguía siendo un misterio para Maria. No tenía ni idea de cómo había sido la vida de su hermana, dónde estaba la niña ahora o qué había sido de sus padres. Eran desconocidos para María.
Se apartó de la ventana, cogió el teléfono y bloqueó el número desconocido.
– Deberíamos cambiar el número -se dijo María.






