Pobre chico, ¿cuánto tiempo llevas sin comer? Espera, te compraré más comida, – dijo el chico y corrió a la tienda

El chico volvía a casa hambriento. Eran ya las ocho de la tarde, y apenas había conseguido tragarse dos bocadillos por la mañana. En la parada del autobús vio una pequeña tienda donde hacían deliciosas tostadas. Inmediatamente recordó su infancia, cómo su madre siempre le compraba la tostada más grande con un gran vaso de kvas. Pidió enseguida una ración doble.

La mujer gorda lo envolvió todo cuidadosamente en una servilleta, le dio un tenedor de plástico y un plato desechable. El tipo estaba a punto de empezar a comer, pero oyó un chillido penetrante

– Miau, – como si su gato gris le estuviera llamando.

Miró atentamente al chico y no apartó la vista. Se sienta y se lame.

– ¿Quieres un trozo?

– Miau, – dijo el peludo y corrió más cerca del hombre.

El chico cortó cuidadosamente una tostada en trozos y lo puso todo en una servilleta.

– “Gatito, gatito”, llamó el chico al gato como invitándolo a la mesa.

El gato se acercó corriendo y en pocos segundos ya no quedaba nada en la servilleta. El peludo se limitó a lamer y mirar cariñosamente al chico.

– Debes de llevar mucho tiempo sin comer nada. Bueno, coge el mío, no tengo hambre -el hombre sonrió y tiró una migaja cada vez para el gato. El gato se irguió sobre sus patas traseras cuando vio la mano del chico alcanzar la tostada.

En señal de gratitud, empezó a ronronear ruidosamente y a frotarse contra las zapatillas de invierno del chico.

– Bueno, espérame aquí. Te compraré más. Aún hace frío fuera, y al menos tendrás un almuerzo decente, pobrecito.

El chico se apresuró a entrar en la tienda.

– Buenos días. Volveré a pedir una ración doble, ¡y esta vez pon toda la carne posible para que no se pegue la masa!
Lo metió todo con cuidado en una bolsa y corrió al banco. Allí le esperaba Fluffy.

– “¿Y quién te ha echado así de tu casa? Me esperaba un gato precioso, de pura raza y tan bien educado.

El animal sólo tragaba con avidez trozos de carne.

– “¡Oh, estás en un buen lío!” – gritó el tipo, cuando el gato saltó sobre sus piernas y le masajeó suavemente el cuello con las patas. Parece que es la forma que tiene el gato de decir “gracias”.

El hombre abrazó al gato durante largo rato. Sentía sus largas antenas haciéndole cosquillas en la nariz, y ronroneaba como si quisiera cantarle una nana.

– Sabes, gato, te llevaré a mi casa. Vivo solo, no hay nadie. Así que serás mi compañero de piso. No te preocupes, tengo leche para ti, e incluso un trozo de salchicha. Y no me dará pena vivir, ¡y por fin tendrás un hogar!

Se levantó detrás de los bancos y caminó hacia el patio.

– Señor, ¡un momento! – oyó una voz familiar.

El tipo se dio cuenta de que la misma señora gorda, que le había vendido las tostadas, salía a toda prisa de la tienda.

– Tenga, coja, hay diez piezas, debería bastarle.

– Señora, pero no he pedido ninguna. Y no tengo dinero para tantas porciones.

– No, no se niegue. Es de ese señor de uniforme -la mujer señaló a un joven con uniforme de policía.

Algunos visitantes empezaron a aplaudir al joven en señal de respeto. El hombre se quitó el sombrero, hizo una pequeña reverencia y se fue a casa.

Así fue como el hombre encontró un verdadero amigo aquella noche. Y no se trataba de brindis. Al fin y al cabo, hay mucha gente en el mundo, pero no todos pueden presumir de tener un corazón bondadoso y compasión por los indefensos.

 

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Pobre chico, ¿cuánto tiempo llevas sin comer? Espera, te compraré más comida, – dijo el chico y corrió a la tienda