Una mujer tenía una hija y un hijo. Se quedó viuda y decidió casarse con otro hombre. El hombre también tenía un hijo.
La mujer llamó a su hijo hijastro.
Los niños crecieron, la hija se casó y se fue a vivir lejos de su madre, más tarde el hijo se casó y también se fue a tierras lejanas.
Más tarde, el segundo marido murió y la anciana se quedó sola.
El hijastro también vivía lejos. Una vez el hijo mayor se acercó a la mujer y le dijo:
– Mamá, deja que venda la casa y viva conmigo.
La anciana madre se puso muy contenta, vendió rápidamente la casa, consiguió bastante dinero por ella y se fue con su hijo. La nuera, el hijo y los niños estaban muy contentos.
– ¡La abuela había llegado!
Pusieron la mesa para agasajar a la abuela, pero ella no quería comer nada.
– No estás enferma, ¿te encuentras bien?
– No, no estoy enferma, sólo muy triste.
– ¿Por qué? -pregunta mi hijo.
– Me quedé dormido en el tren de camino hacia ti y alguien me robó todo el dinero.
– ¿No te queda nada?
Y a ella:
– No, me lo han robado todo.
– ¿No te dejaron ni para el pan?
– No, – dice la abuela.
– ¿Qué vas a comer, madre?
Se quedó con su hijo dos días más y decidió ir a ver a su hija. La hija estaba en una situación parecida.
Enseguida se pusieron muy contentas:
– “¡Llegó la abuela!
Y la abuela seguía sentada, triste.
– Me quedé dormida en el tren y alguien se llevó todo el dinero de mi bolso.
– Qué horror… ¿y ahora qué vas a comer?
Tras estas palabras, la abuela se fue con su hijastro. Los niños y la nuera estaban muy contentos. La abuela volvió a sentarse y miró a todos con tristeza.
– ¿Por qué estáis tan tristes?
– Me han robado todo el dinero que tenía para la casa.
– Mamá, no te preocupes, seguro que no necesitas ese dinero. Yo te lo daré todo, – dijo el hijastro. – No hace falta que llores.
Una vez la abuela miró por la ventana y había una casa con un cartel de “Se vende”. El hijastro se lo contó:
– El propietario decidió vender su casa.
A la abuela le gustaba mucho esta casa, era parecida a aquella en la que solía vivir.
– Prepárate, vamos a ver esta casa – dijo la abuela.
Fuimos, lo vimos todo y luego la abuela le preguntó al propietario:
– ¿Qué precio ofrece por esta casa?
– Puse un precio no muy alto, porque necesito dinero urgentemente.
Justo lo que ella quería por su casa. Y ella le dice a su hijastro:
– Nos la quedamos.
Pagó al propietario y compró la casa. El hijastro, su familia y la abuela se mudaron a la nueva casa. En cuanto su propia hija y su hijo se enteraron, enseguida empezaron a quejarse de ese comportamiento de su madre:
– Qué derecho tenía a comprar una casa para su hijastro y no para sus propios hijos.
Y así lo hicieron:
– No me necesitabas, tenías miedo de que me convirtiera en un gorrón. Y me invitó a vivir incluso sin dinero…






